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Hay dos cosas que a mi madre no le gustan
mucho de mí: una, la forma en que asumo el periodismo “–jah, ¿ahora
eres político tú?”, me dice–; y la otra, que siempre estoy viajando
–“¡allá va el caracol!, ¿y para dónde vas ahora?, ¡oye, que no paras la
pata!”, me vuelve a decir–. Yo sé que ambas tienen que ver con peligro
para “su hijo” –“hijo eres, padre serás”, me recalca siempre que puede–,
pero es que, como siempre le digo, son mis mejores maneras de ser
libre.