Por: Jorge Luis Salas Hernández
Borracho como una cuba se sentó a mi lado en la
máquina. Fue este 31 de diciembre y aquel hombre, blandiendo un “rifle” en su
mano, dio rienda suelta a su lengua para discursar incluso en contra de todos
los pasajeros del vehículo americano: el chofer y una pareja delante; detrás un
deportista, una abuela con sus dos nietos, el borracho y yo. Los 20 kilómetros
que separan a San Luis de Pinar del Río me parecieron demasiados para aguantar
el altoparlante del ebrio. No soporto la bebida, mucho menos a los borrachos.
Dirigí mi mirada hacia el paisaje mil veces visto, y mis pensamientos hacia el
objetivo que me conducía a Pinar del Río; el borracho, por su parte, dirigió
sus palabras a todos.


