Yo tuve una amiga en el inicio de la adolescencia, de las que se
cuidan como si fuera el sol entibiándonos las manos. Estudiábamos
juntas en la beca, compartíamos el mismo closet; a veces el sueño nos
sorprendía en la misma cama porque el tiempo nunca no nos alcanzaba
para contarnos el día visto por la mirada de cada una. Aunque vivíamos
en el mismo pequeño pueblo no fue hasta esta edad luminosa y difícil
que “nos vimos” y nos escogimos para crecer juntas.
Las dos fuimos comprendiendo casi al unísono que los libros iban a
ser esa puerta por la que íbamos a darle la bienvenida a muchos de los
mejores momentos de nuestras vidas. Las dos éramos hijas únicas.
Vivíamos solo a dos cuadras la una de la otra. Éramos parecidas aunque
no iguales. Su nombre comienza con la primera letra del abecedario y el
mío con una de las casi últimas. Si algo lograba distinguirnos -según
los ojos que estaban fuera del mágico círculo en el que nos movíamos- es
que ella era blanca y yo negra, pero a esa edad y en este país, esos no
eran detalles importantes para dos niñas que estaban encantadas de la
magia de haberse encontrado.
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miércoles, 30 de enero de 2013
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